El comisario Marconi se apretó los ojos con
los dedos de la mano derecha, y luego, esgrimió un gesto de calma.
—Un momento, un momento —pidió— Empecemos de
nuevo. Usted, Pendino, soñó...
Pendino se llevó una mano al pecho, asintió
con la cabeza y buscó el tono menos trémulo para su voz.
—Yo soñé... que mantenía relaciones...
digamos, íntimas, con la señorita —señaló con el mentón a Celina. Celina rompió
a llorar, entrecortadamente.
—¡Te voy a matar, desgraciado...! —un agente
tuvo que aferrar por el brazo al señor Bustamante, que pugnaba por lanzarse
sobre Pendino.
—Usted no va a matar a nadie —elevó la voz el
comisario—. Siéntese. Déjelo hablar acá... al hombre. Si no lo deja hablar...
—¡Es un depravado, un degenerado! —desde su
asiento, Bustamante no se doblegaba. Tampoco Celina dejaba de llorar y ahora se
había refugiado en los brazos de la madre.
—Siga, Pendino. Cuente... cómo fue...
—Yo estaba en el club, en el sueño yo estaba en
el club y me acuerdo que llegaba el Ricardo. No tenía bien la cara del Ricardo,
pero yo sabía que era el Ricardo...
—¿Quién es el Ricardo? —cortó el comisario.
—Un amigo de ahí, del club.
—¿Dónde vive?
—A la vuelta del club, al lado del almacén.
—¿El almacén de don Aldo?
—Sí.
El comisario estiró el mentón hacia el
escribiente, para que no pasase por alto el detalle,
—Siga.
—Y no sé qué era que estaban haciendo en el
club, estaban arreglando una pared, no sé. Había unas bolsas y Elio, el
bufetero, las llevaba para adentro. Después llegaba el Colorado, que es otro
amigo, pero eso era más raro porque yo sabía que era el Colorado pero la cara
no era del Colorado, era como más gordo, así... —Pendino infló un poco los
mofletes y simuló una papada con las manos.— Y estábamos ahí, y creo que el
Colorado nos pedía que lleváramos una de las bolsas ésas de porlan o qué se yo,
hasta la casa de él porque él tenía que escribirle una carta a una tía de Jujuy
para decirle que estaban por construir una pieza en el fondo.
El comisario hizo un gesto de asentimiento
con la cabeza. Encontraba el relato interesante.
—¿Después?
—Después —forzó su memoria Pendino—... no sé,
no me acuerdo muy muy bien esa parte se me borra... No sé, no sé... Pero
después aparecía, acá... la señorita...
El clima había retomado su consistencia
tensa.
—Siga, siga —lo alentó el comisario.
—Tenía puesta una pollera roja, corta,
bastante corta, y una remera azul sin mangas, bien ajustada... Y me acuerdo que
empezábamos a hablar y ella me decía que tenía que ir a buscar algo a la
piecita del utilero...