Hemos hablado de modelos innovadores y más complejos y hemos citado algunos ejemplos de ellos, como la mezcla de realidad y fantasía. Es necesario, sin embargo, precisar cuáles son los supuestos de simplicidad de la narrativa infantil y juvenil, cuáles son los criterios utilizados por los adultos para pensar que un texto es más fácilmente legible que otro para los niños y adolescentes. Aparte de las características destacadas desde la investigación lectora, desde la perspectiva de la literatura infantil y juvenil se ha intentado revelar qué se considera un texto simple y comprensible a través de dos caminos: el primero ha sido el análisis de las narraciones infantiles y juveniles no canónicas; y, el segundo, el estudio de las simplificaciones efectuadas al adaptar obras de adultos para niños y niñas.En el primer caso, se ha observado que -a diferencia de la solución señalada por la literatura infantil canónica-, la literatura infantil no canónica salva la contradicción entre el destinatario y el destinatario crítico adulto a base de prescindir del segundo. Los autores (o los editores que deciden publicarles) no esperan obtener la aprobación de la crítica y de los medios educativos, no suponen que estos textos vayan a ser recomendados ni considerados como literatura infantil de calidad. Las características de estos libros, pues, pretenden responder estrictamente a lo que se supone que es más sencillo de leer para los lectores infantiles, supuestos que, en cierta manera, comparten con la literatura popular adulta y que les proporcionan un claro éxito de consumo. En este sentido, la crítica literaria ha señalado repetidamente como rasgos propios de una mayor facilidad lectora: un argumento y una caracterización estereotipada de los personajes y situaciones, un refuerzo de la moral y de la estratificación social establecida, una fuerte cohesión del texto y una gran simplicidad del lenguaje.
En el caso de los libros infantiles estas características populares incluyen también aspectos propios. Ray (1982) analizó las obras de E. Blyton para llegar a la conclusión que su retrato de un mundo exclusivamente infantil no sólo ignora a las personas adultas sino que establece una oposición entre dos mundos que se plasma en la narración a través de dos escenarios especiales distintos (niños y adultos se hallan en dos territorios, por ejemplo en la casa y el internado) o en dos tiempos diferentes (un tiempo de vacaciones reservado a los niños, pongamos por caso, y la aparición de los adultos al final de la narración, cuando este tiempo se ha agotado), así como la utilización de un lenguaje deliberadamente cercano al mundo juvenil. La división del mundo en dos partes bien delimitadas permite que los personajes infantiles se sitúen en un espacio liberados momentáneamente de las normas sociales, para volver a ellas más tarde sin ningún tipo de cuestionamiento moral.